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Ser antisionista es ser judeófobo; si partimos de la igualdad básica de todos los seres humanos tenemos que aceptar que cualquier grupo étnico, cultural, religioso o lo que sea de esos seres humanos tiene el mismo derecho a la autodeterminación que otro. ¿Por qué los judíos no pueden tener lo que tienen tibetanos, irlandeses, croatas, chechenos y kosovares? ¿Por qué sus derechos son menos que los de otros? Israel no es sólo el derecho de un pueblo a una tierra; para los judíos es la única esperanza de supervivencia. Tres milenios de historia han mostrado que ningún otro grupo étnico o religioso ha sido perseguido con tanta saña en tantos lugares y a lo largo de tanto tiempo. Regresar a Sion fue desde siempre el ideal supremo de la fe judía que se convirtió en una cuestión práctica a fines del siglo XIX; de hecho representa el triunfo de la tesis de los judeófobos de la época anterior a Hitler que sostenían como la única solución al “problema judío” (aunque el único problema era mental y de ellos) la conversión o la expulsión “Al Africa” en palabras de Wilhelm Marr. Para los judeófobos post Hitler esas opciones no son aceptables; la conversión no elimina lo racial (de hecho ningún judío se salvó de las cámaras de gas por agnóstico o converso al catolicismo o el luteranismo) y su sola permanencia en el mundo es inaceptable. Si Israel se hubiese fundado en la Antártida no cuesta mucho imaginar a quienes se proclaman “defensores” de los Palestinos (y que más o menos conscientemente razonan que cuanto peor les vaya mejor será para “la causa”) transformados en fervientes defensores de los derechos de las focas y el plancton....
La resolución 3379 de las Naciones Unidas del 10 de noviembre de 1975 que condenó el sionismo fue votada por 72 estados: 25 patrocinantes (de los que Cuba era el único no musulmán) más 47 naciones asiáticas, africanas y de lo que entonces se conocía como Pacto de Varsovia). Hubo 35 votos en contra y 32 abstenciones (principalmente latinoamericanas), fue promulgada en el trigésimo séptimo aniversario de la Kristallnacht (¿Los negacionistas del Holocausto ya llegaron a negar también que existió una Kristallnacht?) y vino precedida por una oleada de judeofobia grotesca; el 12 de septiembre de 1972 Idi Amín Dadá había enviado un telegrama al Secretario General de las Naciones Unidas aplaudiendo el Holocausto y anunciando que como en Alemania no había estatuas de Hitler erigiría una en Uganda. Dio un discurso exigiendo la expulsión de Israel de las Naciones Unidas y su extinción que fue ovacionado por los bloques soviético y árabe y el Secretario General y el Presidente de la Asamblea ofrecieron una comida en su honor (no tengo información si llegaron al extremo de prepararle a Don Idi su plato favorito). Lamentablemente para los judeófobos la resolución más infame de las Naciones Unidas tuvo una vida bastante corta ya que de fue revocada de manera aplastante el 16 de diciembre de 1991 por la 4686 por 111 votos a favor (87 patrocinantes, entre los que se contaban la totalidad de las naciones americanas excepto Cuba y la casi totalidad de las europeas) 13 abstenciones y 25 votos en contra (casi los mismos que los patrocinantes de 1975).
29 mayo 2007
28 mayo 2007
Antisemitismo, antisionismo, judeofobia
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El término “antisemita” fue ideado por el alemán Wilhem Marr en 1879 para quitar la carga religiosa que presentaba “antijudío”, ya que él se proponía incitar a sus compatriotas contra judíos religios0s y personas ateas o agnósticas de antepasados judíos; con la palabra “semita” pretendía englobar a ambos. El problema es que no existen los semitas como pueblo; existe sí el término en lingüística para denominar a un subgrupo (el IIIA, según Greenberg) de la familia afroasiática en el que se encuentran el hebreo, el árabe, el arameo y el acadio; la situación es la misma que emplear “antilatino” para alguien que se opusiese a los catalanes, por ejemplo, dado que su idioma está clasificado como latino, pese a que ese pueblo desapareció hace más de dos milenios (desde sus orígenes Roma incorporó a etruscos, samnitas y diversos pueblos itálicos no latinos que junto a la multitud de pueblos e individuos que aceptaron sus bases culturales dieron lugar al pueblo y la clase dirigente romana). Dado que no era la palabra correcta porque nadie odiaba a todos los que hablaran y/o estudiaran un idioma semita (y desde 1945 confesarse antisemita es un suicidio público) hacía falta otra. “Antisionista” fue una elección obvia para quienes teniendo esos sentimientos buscaban algún nombre que no los vinculara directamente con los nazis (como si por otra parte engañasen a alguien) , aunque examinada de cerca aún más carente de sentido que antisemita; el sionismo es un movimiento nacionalista que se basa en el vínculo de un pueblo con una tierra. Es el equivalente judío de todos los movimientos de liberación del tercer mundo y si la mayoría de los hablantes de lenguas semitas no son judíos aquí la situación es aún mas irónica ya que todos los que no están en contra de la existencia de Israel (unos 6000 millones de personas, más o menos) son en la práctica sionistas. La palabra que estamos buscando es judeofobia; fue acuñada por Leon Pinsker en 1882 y tiene la ventaja de que se determina exactamente el objeto del odio, los judíos y la naturaleza irracional del mismo (las fobias son uno de los principales fenómenos en psiquiatría). Justamente esa irracionalidad es la que la hace tan díficil de ser erradicada; en palabras de Ernesto Sábato “Al judío se lo acusa de banquero y bolchevique, avaro y dispendioso, limitado a su Ghetto y metido en todas partes (...) la judeofobia es de tal naturaleza que se alimenta de cualquier manera: cualquier cosa que el judío diga o haga servirá para avivar el resentimiento”.
El término “antisemita” fue ideado por el alemán Wilhem Marr en 1879 para quitar la carga religiosa que presentaba “antijudío”, ya que él se proponía incitar a sus compatriotas contra judíos religios0s y personas ateas o agnósticas de antepasados judíos; con la palabra “semita” pretendía englobar a ambos. El problema es que no existen los semitas como pueblo; existe sí el término en lingüística para denominar a un subgrupo (el IIIA, según Greenberg) de la familia afroasiática en el que se encuentran el hebreo, el árabe, el arameo y el acadio; la situación es la misma que emplear “antilatino” para alguien que se opusiese a los catalanes, por ejemplo, dado que su idioma está clasificado como latino, pese a que ese pueblo desapareció hace más de dos milenios (desde sus orígenes Roma incorporó a etruscos, samnitas y diversos pueblos itálicos no latinos que junto a la multitud de pueblos e individuos que aceptaron sus bases culturales dieron lugar al pueblo y la clase dirigente romana). Dado que no era la palabra correcta porque nadie odiaba a todos los que hablaran y/o estudiaran un idioma semita (y desde 1945 confesarse antisemita es un suicidio público) hacía falta otra. “Antisionista” fue una elección obvia para quienes teniendo esos sentimientos buscaban algún nombre que no los vinculara directamente con los nazis (como si por otra parte engañasen a alguien) , aunque examinada de cerca aún más carente de sentido que antisemita; el sionismo es un movimiento nacionalista que se basa en el vínculo de un pueblo con una tierra. Es el equivalente judío de todos los movimientos de liberación del tercer mundo y si la mayoría de los hablantes de lenguas semitas no son judíos aquí la situación es aún mas irónica ya que todos los que no están en contra de la existencia de Israel (unos 6000 millones de personas, más o menos) son en la práctica sionistas. La palabra que estamos buscando es judeofobia; fue acuñada por Leon Pinsker en 1882 y tiene la ventaja de que se determina exactamente el objeto del odio, los judíos y la naturaleza irracional del mismo (las fobias son uno de los principales fenómenos en psiquiatría). Justamente esa irracionalidad es la que la hace tan díficil de ser erradicada; en palabras de Ernesto Sábato “Al judío se lo acusa de banquero y bolchevique, avaro y dispendioso, limitado a su Ghetto y metido en todas partes (...) la judeofobia es de tal naturaleza que se alimenta de cualquier manera: cualquier cosa que el judío diga o haga servirá para avivar el resentimiento”.
01 mayo 2007
Israel y la judeofobia XVI
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Don Pio, cuando Herzl escribió “El Estado Judío” la rusia zarista, que por su expansión había llegado a gobernar a la mayoría de la población judía del mundo para escapar de los problemas que la destruirían en poco tiempo convirtió al antisemitismo en política de estado y para los judíos a la emigración en un asunto literalmente de vida o muerte. Muchos siguieron el patrón emigratorio de los europeos de la época y se afincaron en América, especialmente en USA y Argentina por la sencilla razón de que ambos países tenían las políticas inmigratorias más generosas del mundo por aquel entonces. Herzl intuyó que llegaría un día que el tradicional exilio de los judíos de un país opresor a otro tolerante no sería suficiente; previó la globalización de la judeofobia y que gente que no sabía cuántos ángulos tiene un triángulo encontraría en el odio a los judios una razón para que sus vidas miserables tuvieran sentido. Lo vivió con el caso Dreyfus, un oficial judío condenado sólo por ser judío y que si a largo plazo significó la desaparición de los elementos más reaccionarios de la sociedad francesa del poder al corto le inspiró la idea que lo que había ocurrido en la civilizadísima Francia podía ocurrir en cualquier país en que los judíos fueran una minoría. Herzl quiso un estado judío. La historia y los reclamos ininterrumpidos por un país que entonces era un erial que nadie quería (¿Cómo se explica que en los 1200 años que árabes y otomanos dominaron la región jamás hayan establecido allí un estado?) quiso que fuera allí.
Repito que separar a Israel del Holocausto es imposible; fue fundado antes por gente que lo veía venir y no podía hacer nada para evitarlo y después el propósito de su existencia no sólo resultó claro a todo el mundo sino que se convirtió en una deuda moral de un mundo que por haber sido indiferente durante siglos a la persecución y a la instigación al odio había permitido que se realizara uno de los crímenes más atroces de la historia de la humanidad. Hay que dejar las cosas claras; quienes cuestionan el derecho a la existencia de Israel cuando no cuestionan el de ningún otro país, se fingen preocupado por los palestinos y nadie más (y digo fingen porque uno o se preocupa por todos los seres humanos o no se preocupa por ninguno) quieren en definitiva completar lo que los nazis comenzaron y no es casualidad que en cada uno de ellos se libra una batalla entre su cobardía, que cuando gana niega el Holocausto y su pasión que cuando se impone se enorgullece de él.
Don Pio, cuando Herzl escribió “El Estado Judío” la rusia zarista, que por su expansión había llegado a gobernar a la mayoría de la población judía del mundo para escapar de los problemas que la destruirían en poco tiempo convirtió al antisemitismo en política de estado y para los judíos a la emigración en un asunto literalmente de vida o muerte. Muchos siguieron el patrón emigratorio de los europeos de la época y se afincaron en América, especialmente en USA y Argentina por la sencilla razón de que ambos países tenían las políticas inmigratorias más generosas del mundo por aquel entonces. Herzl intuyó que llegaría un día que el tradicional exilio de los judíos de un país opresor a otro tolerante no sería suficiente; previó la globalización de la judeofobia y que gente que no sabía cuántos ángulos tiene un triángulo encontraría en el odio a los judios una razón para que sus vidas miserables tuvieran sentido. Lo vivió con el caso Dreyfus, un oficial judío condenado sólo por ser judío y que si a largo plazo significó la desaparición de los elementos más reaccionarios de la sociedad francesa del poder al corto le inspiró la idea que lo que había ocurrido en la civilizadísima Francia podía ocurrir en cualquier país en que los judíos fueran una minoría. Herzl quiso un estado judío. La historia y los reclamos ininterrumpidos por un país que entonces era un erial que nadie quería (¿Cómo se explica que en los 1200 años que árabes y otomanos dominaron la región jamás hayan establecido allí un estado?) quiso que fuera allí.
Repito que separar a Israel del Holocausto es imposible; fue fundado antes por gente que lo veía venir y no podía hacer nada para evitarlo y después el propósito de su existencia no sólo resultó claro a todo el mundo sino que se convirtió en una deuda moral de un mundo que por haber sido indiferente durante siglos a la persecución y a la instigación al odio había permitido que se realizara uno de los crímenes más atroces de la historia de la humanidad. Hay que dejar las cosas claras; quienes cuestionan el derecho a la existencia de Israel cuando no cuestionan el de ningún otro país, se fingen preocupado por los palestinos y nadie más (y digo fingen porque uno o se preocupa por todos los seres humanos o no se preocupa por ninguno) quieren en definitiva completar lo que los nazis comenzaron y no es casualidad que en cada uno de ellos se libra una batalla entre su cobardía, que cuando gana niega el Holocausto y su pasión que cuando se impone se enorgullece de él.
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